16 dic 2012

El terror psicológico de 'Los Otros' (2001), de Alejandro Amenábar

El terror psicológico de 'Los Otros' (2001), de Alejandro AmenábarGanadora de 8 premios Goya y, hasta el récord de Lo imposible, la más vista del cine español, Los Otros, película de Alejandro Amenábar, no puede dejar de ser uno de los HITOS DEL CINE en general y del nuestro, el cine español, en particular.


La diferencia de un muerto y de uno que no sabe que lo está, esa diferencia es la que el director Alejandro Amenábar se las arregla para que la revelación de esa verdad, una de las bases del argumento, se convierta en un viaje metafísico para el espectador.

Con una protagonista aterrorizada, Grace, la madre austera, piadosa, estricta y desesperada que interpreta Nicole Kidman, nos enfrentamos al misterio: La casa tiene que estar siempre en penumbra, y no pueden abrir una puerta si, previamente, no han cerrado la anterior. Tal es la regla, creada para proteger a los fotofóbicos hijos de Grace, que deben obedecer los tres sirvientes que también son tres mensajeros del otro mundo. Porque en Los Otros, la madre de los niños fotofóbicos enclaustrados, aunque ha cometido algo peor que un suicidio también lo desconoce, y también está loca. Su locura es creer que sigue viva y haber borrado de su memoria el paso del tiempo y el momento de las muertes.

En Los Otros somos convocados, junto con los demás, somos títeres movidos por la mano de la espiritista ciega. De aquí la sensación de pavor. Pero también la reflexión: también nosotros, como los protagonistas, nos movemos entre tinieblas (¿qué conocemos y qué no?) y nos alimentamos de sombras. Y, como Grace, nos aferramos desesperadamente a este lado de la realidad, que hemos de defender a toda costa.

Escena del terror psicológico de 'Los Otros' (2001), de Alejandro Amenábar


En los minutos finales del desenlace, se confirman nuestras únicas hipótesis que quedan en pie, después de que a lo largo de la historia se nos hayan ido destruyendo todas las anteriores, que los personajes malvados (los tres sirvientes) intentan enloquecer a una mujer frágil de los nervios para llevarla a la destrucción o a la muerte y así lograr sus objetivos, quedar como amos y señores de la mansión donde sirvieron una vez, hace medio siglo. La revelación final es doble, la de la madre, porque recuerda que mató a sus hijos (interpretados por James Bentley y Alakina Mann) y a ella misma; y la de que todos los protagonistas visibles durante el transcurso de la película son muertos, manifestaciones espirituales hechas visibles gracias a la médium, la bruja de ojos velados que celebra sesiones de espiritismo en la casa, años o días después del crimen, porque el tiempo no es el mismo para los muertos, que hizo que huyeran los anteriores criados. Fionnula Flanagan es la magnífica actriz irlandesa que, como ama de llaves, poco a poco ayuda a desvelar el misterio y la que introduce la duda acerca de la lucidez o el engaño de Grace. Con ella se sostienen algunos de los diálogos más insinuantes.

Lo único aparentemente cierto y firme, la mansión con su gran jardín, es también paisaje de ensoñación constante, de misterio creado por la niebla, reino de fantasmas donde lo que creemos real se revela como ilusión, y al revés, los vivos son los muertos y los fantasmas son los vivos. 

Esta película encierra un cuento fantástico, según las reglas del género, que a diferencia del sobrenatural, presenta la antítesis imaginaria en el mismo plano, sin negar ni afirmar, sin explicación racional ni desenlace lógico como el discurso de Grace, con el que podríamos identificarnos, está viciado, porque es hijo del miedo, de la locura de la madre amnésica, hasta que descubre la verdad, y entonces nos confiesa que ella tampoco sabe más que los niños, ni si el limbo donde transcurren es eterno, como les enseñaba con tanto afán. 

La incertidumbre de la revelación, que podamos estar muertos, que existen los otros, que la calidad del fantasma es nuestra propia piel, que nosotros somos los fantasmas, se desliza a cierta forma de esperanza si aceptamos esa ausencia que es la muerte, los muertos, y aceptamos para nosotros esa posibilidad. La luz que amenaza de muerte a los niños ya muertos es la de la verdad. Por eso cuando llega la hora de la verdad, sólo gritan despavoridos por la costumbre sin que lleguen a aparecer en su piel las monstruosas llagas de las que habló su madre.

La revelación para el espectador tiene otra fase más, hemos asistido a una sesión de espiritismo, de un mundo saltamos al otro, ni más ni menos real que el anterior, el de quienes se creen vivos, donde los fantasmas (el niño Víctor) somos nosotros.


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