
Esta película, que recibe el mismo nombre que la obra del escritor inglés, es la primera adaptación de la obra de Shakespeare aunque ya se realizaron adaptaciones para la televisión como la que protagonizó y escribió Orson Welles en el año 1969. Con escenarios en Luxemburgo y en Venecia, El mercader de Venecia fue nominada como mejor película de la Unión Europea en los Premios David Donatello.
La trama de este largometraje se desarrolla en la Venecia del año 1956, tras la Reforma Protestante y el Concilio de Trento, en una etapa de gran efervescencia religiosa. Esta comedia con un ligero toque de humor, convierte en títeres a un grupo de hombres de alta alcurnia cuyo destino estará en manos de un prestamista. La historia comienza cuando Antonio, interpretado por Jeremy Irons, pide a un prestamista tres mil ducados para ayudar a su amigo Bassanio para que pueda conquistar a su amada, Porcia, interpretada por Lynn Collins. Shylock, el usurero judío que es interpretado por Al Pacino, presta a Bassanio el dinero con la condición de que si existe demora en el pago del préstamo, Antonio tendrá que pagar la deuda con una libra de carne de su cuerpo. Los negocios de ultramar de Antonio se ven truncados y Shylock reclama que se pague la deuda según las condiciones que pactaron en el acuerdo. Solo un avispado abogado podrá a ayudar a Antonio ante la justicia.
Lo más fascinante de Shakespeare no es la hondura de sus caracteres, ni la belleza de sus versos, sino la extrema modernidad de sus obras. En El mercader de Venecia hay amor, hay filosofía, hay intriga, hay política, hay pasión, hay misterio, hay denuncia y hay erotismo. Y todo ello está en la versión de Michael Radford, que ha querido resaltar el drama del judío Shylock, que incluso en un estado tan respetuoso con la ley como la Venecia Renacentista, no consigue justicia ni respeto.
Aunque el film a veces se hace algo lento, el haber conservado intactos los versos de Shakespeare, hace que el conjunto sea un placer para los sentidos. La ambientación, iluminación y fotografía son notables. Las interpretaciones están a la altura de las circunstancias, y puedo decir que nada mejor que la sensibilidad de Al Pacino para recitar aquel verso que dice: “Si nos herís, ¿no sangramos?; si nos envenenáis, ¿no morimos?; si nos agraváis, ¿no debemos de clamar venganza?”
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