15 ene. 2012

Aronofsky y Portman: La fórmula de la perfección

Cartel de Cisne negroHace ya un año inaugurábamos nuestra sección de LA TAQUILLA con una crítica a la película dirigida por Darren Aronofsky, Cisne Negro. El equipo de Making Of tuvo que eliminar la crítica del blog tras participar en un concurso realizado por la Guía del Ocio. Pero hoy y para hacer un pequeño homenaje al aniversario de Making Of, haremos una reseña de esta gran película que considero, que a pesar de tener muy pocos años de vida, debe estar LOS HITOS DEL CINE por la peculiar forma de hacer cine que tiene el cineasta Darren Aronofsky.

Con el trasfondo de El lago de los cisnes, Black Swan (Cisne negro) es un delirio continuo en busca de la perfección, una lucha constante contra la represión, es un baile incesante de movimientos impecables entre el cisne blanco y el cisne negro que tienen como obstáculo el dominio absoluto que ejerce sobre sí la bailarina que los representa, Nina.

Darren Aronofsky siempre provoca una diversidad de opiniones. Adorado por muchos y criticado por tantos otros, con Black Swan apuesta por un entramado argumental sencillo pero que llega al límite de la paranoia, la disciplina, e incluso, la propia mente humana.

La película muestra la historia de Nina Sayers (Natalie Portman), una bailarina del ballet de Nueva York cuyo deseo es conseguir el papel protagonista en la nueva producción del director artístico, Thomas Leroy (Vincent Cassel), sobre la obra de Tchaikovsky. Desde el momento en que Nina consigue el papel como Reina de los cisnes, el espectador se adentra en un viaje emocionante y aterrador por la mente de una joven bailarina que se enfrenta a la presión que se respira en su entorno y a la ambición de Lily (Mila Kunis), una rival de su compañía que la atrapará en una red de intriga competitiva. Nina, cuya vida está completamente absorbida por la danza, hará lo imposible por lograr sus objetivos con una temeridad tal, que amenaza constantemente con destruirla.

La rivalidad a la que tiene que enfrentarse la bailarina, sumada a la sobreprotección que ejerce una madre que inyecta su fracaso vital a su hija, logran que se produzca una verdadera evolución en Nina. Su metamorfosis personal la llevará de un cisne blanco marcado por el autocontrol, a un cisne negro que despliega sus alas dejándose llevar buscando la libertad; una libertad teñida de sangre conseguida a partir de la autodestrucción.

Natalie Portman interpretando el cisne negro en el Lago de los cisnes

Black Swan es una obra de arte conseguida a través de una coreografía visual de movimientos que eclipsan la perfección. Aronofsky no se equivocaba en confiar en la espléndida Natalie Portman para sustentar el peso de este thriller agónico que es capaz de mantener en vilo al espectador mediante una interpretación sublime, a través de un espejo que nos permite empaparnos del alma de la actriz. La obstinación descomedida es utilizada como símbolo de un personaje que, distante de la cordura, refleja en el rostro de Natalie Portman los sufrimientos internos que alberga. La actriz transmite con una magistral interpretación la represión e ingenuidad que caracterizan a Nina, que se encuentra atada a las raíces de su propio ser pero que madurará hasta encontrarse consigo misma gracias al gusano de la obsesión, que provocará que la bailarina se desintegre con el fin de alcanzar la auténtica perfección.

En una mente llena de perturbación donde la realidad y la imaginación se enfrentan para conseguir la atención de una bailarina que vive atemorizada por sus propios miedos, castigada por una fragilidad sentimental que la impide zambullirse en sus propios impulsos, y donde tiene que luchar continuamente con su propia identidad, es donde se encuentra el eje sobre el que gira esta cinta vanguardista que marcará un antes y un después en la historia del cine.

Los movimientos de la cámara y su magnífica fotografía provocan que el espectador sufra el desequilibrio de la protagonista y baile al ritmo de las puntas de la bailarina. La artificiosidad llevada al extremo por su director en el montaje, la edición de sonido y los planos reducidos que su protagonista soporta se entremezclan con un personaje quebradizo y delicado. La banda sonora no deja indiferente al espectador y ayuda a sumergirnos en todo su bagaje visual y mentalidad artística delirante a la que ya estamos acostumbrados a ver en las películas de Aronofsky. Imprescindible.

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