
Stephen Dorff da sentido a un personaje envuelto por el Hollywood más superficial y destructivo, que no encuentra en nada más que en alcohol y en una vida de vicio y lujo en el Hotel Chateau Marmont de L.A. algo de consuelo ante la futilidad de su existencia.
La interesante idea experimentada por muchos y comprendida sólo por algunos de cuál es nuestro lugar en el mundo y la aceptación de las pequeñas o grandes cosas que tienen sentido ha sido ya planteada con anterioridad, pero Coppola sabe darle ese encanto especial que ya presentó en la existosa Lost in Translation.
La vacuidad que en ocasiones presenta la película, no hace más que dotar de sentido a la historia, dependiendo eso sí de la perspectiva del espectador, que llenará esos huecos con sus experiencias particulares. No es una película para todos los públicos, desde luego.

La vorágine mental de Marco, y la sutileza e inteligencia que refleja su hija no tienen un final necesariamente feliz sino más bien abierto a las posibilidades a las que han eludido muchos filósofos de las que está compuesta la vida de hombres y mujeres. Decisiones; aceptación; capacidad de reacción. Pero sobre todo, decisiones. En esto se apoya todo.
Nota Making Of: 8
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